Otra vez habló el conde Lucanor con Patronio, su consejero, del siguiente modo:

 

-Patronio, no muy lejos de aquí mi tío me a dejado unas tierras por herencia, pero hay un percance, que para conseguir esas tierras tendríamos  que cruzar un lago muy largo que tardaríamos mucho y nos costaría mucho llegar hasta las tierras.

 

Cuando hubo terminado, respondió Patrionio:

 

-Señor conde Lucanor, para que veáis lo que debéis hacer me gustaría que supierais lo que hico un campesino muy honrado hace años.

 

 Hace mucho tiempo, un rey colocó una gran roca obstaculizando un camino.

 

Entonces se escondió y miró para ver si alguien quitaba la tremenda roca.

 

Algunos de los comerciantes más adinerados del rey y cortesanos vinieron y simplemente le dieron una vuelta. Muchos culparon al rey ruidosamente de no mantener los caminos despejados, pero ninguno hizo algo para sacar la piedra grade del camino.

 

Entonces un campesino vino, y llevaba una carga de verduras. Al aproximarse a la roca, el campesino puso su carga en el paso y trató de mover la roca a un lado del camino. Después de empujar y fatigarse mucho, lo logró. Mientras recogía su carga de vegetales, notó una cartera en el suelo, justo donde había estado la roca. La cartera contenía muchas monedas de oro y una nota del mismo rey indicando que el oro era para la persona que removiera la piedra del camino. El campesino aprendió lo que los otros nunca entendieron.

 

“Cada  obstáculo presenta una oportunidad para mejorar la condición de uno”.

 

Vos señor conde Lucanor si queréis que esas tierras pertenezcan a vos tendreis que luchar y esforzaros por ellas, por mucho esfuerzo que os cueste.

 

Al conde le agradó mucho lo que dijo Patronio, hízolo así y le salió muy bien. Y como  don Juan gustó de este ejemplo, lo mandó poner en este libro y escribió estos versos:

 

                              Si luchas puedes perder

                              Si no luchas estas perdido.